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¿Egoísmo o altruismo?
En las distintas teorías del
voluntariado, se puede observar un tema que es fuente
de extensas discusiones. Se trata de la posibilidad
de que los actos de ayuda a otros entre ellos
los voluntarios -, puedan estar motivados, o no, por
razones altruistas. Muchos teóricos postulan
que las acciones humanas, incluso las que puedan parecer
altruistas, están en realidad motivadas por
el interés personal (self-interest), desestimando
toda posibilidad de motivaciones altruistas. Será
necesario profundizar más en esta discusión,
por un lado para hacerse parte de ella y, por otro,
para plantear la postura que en esta investigación
se adopta.
La teoría del altruismo ha
sido ampliamente abarcada por la sicología
social, y en menor grado por la sociología
y la economía. Piliavin y Charng (1990), en
su revisión de las teorías e investigaciones
del altruismo plantean que aparentemente ha habido
un cambio de paradigma en las distintas
ciencias, alejándose de las posiciones anteriores,
que veían a las acciones altruistas como reflejo
de motivaciones egoístas. El punto central
que queremos plantear es que la información
proveniente de la sociología, economía,
ciencias políticas, y de la sicología
social, es toda compatible con la posición
de que el altruismo es parte de la naturaleza humana
(Ibid., p. 28 y 29). Los autores plantean que las
personas efectivamente tienen en consideración
los sentimientos de otros, contribuyen al bien público
beneficiándose poco de ello, y que se sacrifican
por sus hijos e incluso por personas que no conocen.
Entre las definiciones que los autores
han encontrado de altruismo, distinguen entre las
que enfatizan las consecuencias para el receptor
y aquellas que tienen que ver con las motivaciones
de ayudar a otro. Los autores dirán que
si un acto es, o aparenta ser, motivado principalmente
por consideraciones hacia las necesidades de otros,
más que a las propias, lo llamamos altruista
(Ibid, p. 30), sin que esta intención haya
sido, necesariamente, formulada conscientemente.
Con una visión contraria a
los autores anteriores, en su libro, Metamorfosis
de la Virtud, Lipovetsky (1994) plantea que en las
sociedades postmodernas son pocos los momentos y lugares
en que vibre la obligación de consagrar la
vida al prójimo: mientras que las conminaciones
categóricas a hacer el bien han sido suplantadas
por las normas del amor a sí mismo, los valores
altruistas han dejado de ser evidencias morales a
los ojos de los individuos y de las familias
(p. 128). En estas sociedades, las informaciones,
el ocio, los consejos del bienestar están más
presentes que la exigencia de cumplir con nuestros
deberes ahora o nunca o imperativos. La
moral habría abandonado el espacio público
y privado, la devoción absoluta, el ideal de
vivir para el prójimo, han dejado de tener
resonancia colectiva. En cambio, surgiría ahora
la desvitalización de la forma-deber,
el debilitamiento de la norma moral infinita
y que serían características de las
nuevas democracias (p. 128).
Lipovetsky no niega el hecho de que
las acciones humanitarias ocupen la primera
plana de los periódicos y los donativos
altruistas alcancen sumas innegables.
Esto daría cuenta de una moral, pero su naturaleza
sería totalmente distinta a la de otros tiempos.
A través de la efervescencia caritativa
y humanitaria, lo que actúa una vez más
es el eclipse del deber; bajo los viejos hábitos
de la moral se organiza en realidad el funcionamiento
posmoralista de nuestras sociedades. Con esto,
se instituiría una moral sin obligación
ni sanción acorde con las aspiraciones de masas
de las democracias individualistas-hedonistas (p.
129).
Lo anterior se traduciría
en un altruismo indoloro, ya que el imperativo
altruista habría perdido su poder de obligación
moral y su estatus preeminente en la jerarquía
de valores. Vivir para el prójimo, que constituía
la mayor virtud, se habría convertido en una
máxima subalterna que ya no se
considera necesaria.
El autor señala que no es
que las personas sean más egoístas que
en otras épocas, sino que ahora expresan sin
vergüenza la prioridad individualista de sus
elecciones (p. 130), ya que la preocupación
por el yo, el individualismo, habría ganado
carta de ciudadanía
Luego se plantea que en estas sociedades,
se descalifica el altruismo extremo ya que se asocia
con una mutilación del yo, con
un exceso de sacrificio, lo que ha llevado a que las
motivaciones se alejen de la culpa, y se legitime
el derecho de vivir para uno mismo. Ya
no se está en una cultura que resalte los deberes
de las personas, sino que, por el contrario, se resaltan
los derechos de ella, alejándose de las obligaciones
hacia los demás: esta sería la
forma del individualismo cabal.
En cuanto al voluntariado, Lipovetsky
señala que se da una paradoja: mientras el
ideal altruista es erosionado hay una nueva y gran
legitimación del voluntariado. Señala
que este impulso de beneficencia no encuentra su base
en la cultura del deber, sino que en la búsqueda
de un beneficio personal. Así, los nuevos deseos
de solidaridad estarían siendo impulsados por
el aumento de tiempo libre y por los deseos individualistas.
Esto ha sido influido por el
hundimiento de los grandes proyectos políticos,
donde los valores morales estarían ocupando
el vacío que deja lo político,
a través de la solidaridad inmediata, la ayuda
y la beneficencia.
Lipovetsky señala que,
seguramente, la mayoría de los voluntarios
declaran actuar en nombre de grandes ideales
humanistas (amor, vida más humana y solidaria,
etc.). Sin embargo, el autor afirma que más
allá de estos referentes, lo que prima es el
placer de encontrar al otro, el deseo de valorización
social y la ocupación del tiempo libre. Así,
la sociedad que disuelve las redes tradicionales de
solidaridad, genera la exigencia de reencontrar lazos
de sociabilidad y nuevas formas de pertenencia social
y generación de identidad. Esto es lo que lograría
el voluntariado, y es lo que lo lleva a afirmar: el
incremento de las aspiraciones neoindividualistas
no es la tumba del voluntariado, es su estímulo.
Por último, se hace interesante
señalar el análisis que hace el autor
para el caso de Francia. Señala que, durante
mucho tiempo, la valoración del voluntariado
era baja, se le asociaba a mujeres y era sospechosa
de ser una ocupación de clases burguesas
que tranquilizaban la conciencia a la vez que reforzaban
la defensa del orden social (p. 142). Luego,
en la década de 1970, el voluntariado sigue
siendo poco valorado, dándose una rivalidad
con los profesionales quienes los acusan de aficionados
y de competencia desleal. Por su parte, la militancia
política o sindical tiene sus títulos
de nobleza por sobre el voluntariado (p. 143).
Ya en la década de 1980, se habría operado
un giro: la crisis del Estado de bienestar, la aparición
de gran pobreza, desencadenaron la dignificación
del voluntariado. Esto llevó a que se afirmase
como una nueva exigencia de la sociedad, un medio
indispensable para colmar las carencias de los gastos
sociales del Estado.
La teoría altruista también
será refutada por Schervish y Havens (1997).
Basándose en los planteamientos hechos por
Becker, desde la economía, refutan la teoría
del altruismo, diciendo que ésta es sólo
aparente. Si lo llevamos a sus orígenes,
lo que parece derivar de preferencias no personales
o desinteresadas-, es en realidad derivado de
una preferencia compuesta en que el interés
personal del actor está unido a las necesidades
de otros. Lo que aparenta ser desinteresado, en realidad
está basado en una forma de interés
propio (self-interest) mutuo (Ibid., p. 237).
En segundo lugar, los autores dirán que el
estar de acuerdo con Becker, no significa estar de
acuerdo con que él haya apagado los esfuerzos
de encontrar motivaciones más elevadas en la
conducta prosocial. Más bien, plantean que
Becker ha desafiado apropiadamente la viabilidad de
las teorías del altruismo: un desafío
dirigido hacia una teoría que es filosóficamente
desafortunada desde sus inicios (Ibid., p. 238).
Esta concepción de motivaciones
basadas en el interés propio, sin duda se remonta
a los orígenes de la teoría económica
moderna, y muchos ven a Adam Smith como uno de los
más importantes pensadores en esta línea.
No es la benevolencia del carnicero, del cervecero
o del panadero la que nos procura el alimento, sino
la consideración de su propio interés.
No convocamos sus sentimientos humanitarios sino su
egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades,
sino de sus ventajas (Smith, A., 1987, p. 300).
Una lectura superficial de Adam Smith nos llevaría
a pensar que este pensador veía como fundamento
de todas las relaciones humanas, la búsqueda
del beneficio personal. Pero será necesario
que nos fijemos en otra obra de A. Smith, La Teoría
de los Sentimiento Morales, para ver que estas apreciaciones
no son del todo correctas. En este libro, Smith desarrolla
una moral que se centra en la simpatía y la
benevolencia. Smith escribía que un individuo
nunca debe preferirse más que a ningún
otro, como para dañarlo u ofenderlo, para beneficiarse,
aunque el beneficio que obtenga sea mucho mayor que
el daño o la ofensa al otro (Himmelfarb,
1991, p. 62). Esto difícilmente se puede reconciliar
con la propuesta de que en nuestra relación
con el panadero se funda en nuestros propios intereses.
Algunos autores han visto una cierta
incongruencia entre la Teoría de la Riqueza
de las Naciones (del interés egoísta)
y la Teoría de Los Sentimientos Morales (de
la simpatía y benevolencia) (Ibid[6]).
Con respecto a esto, Allan Silver (1990) dirá
que esta imputación no es correcta, y no hace
más que mostrar la fuerte tendencia de la teoría
y cultura moderna a ver el intercambio utilitarista
como incompatible con la solidaridad personal. En
realidad sí existe una gran congruencia entre
ambos textos. La historiadora Gertrude Himmelfarb,
relata cómo la fama de Smith, mientras estaba
vivo, era producto en gran parte de Los Sentimientos
Morales, y que esta obra no fue de menor importancia
para Smith. De hecho, en Memoir, escrita por un biógrafo
de Smith tres años después de su muerte,
éste le dedicó más paginas a
Los Sentimientos Morales que a La Riqueza de las Naciones (Ibid., p. 60).
Se debe hacer una aclaración
entre los dos conceptos que están en cuestionamiento:
benevolencia (que nace de la simpatía) y egoísmo.
Éstos dos conceptos están presentes
en la criticada frase de Smith, donde habla de que
el panadero no actúa por benevolencia, sino
por su propio interés (Smith, 1987a). Pero,
para Smith, la utilidad no es lo único que
mueve a las personas. La búsqueda de la felicidad
es igual o más importante. En los Sentimientos Morales, Smith va a decir
que la prudencia, la justicia y la benevolencia son
virtudes necesarias para la felicidad de las personas.
La preocupación por nuestra propia felicidad
nos aconseja la virtud de la prudencia; la preocupación
por la de otras personas, las virtudes de justicia
y beneficencia [
]. Y luego va a agregar:
la primera de estas tres virtudes, se origina
en nuestros afectos egoístas, las otras dos
en los benevolentes (Smith, 1987b, p. 294).
Como vemos, el egoísmo y la benevolencia no
son excluyentes sino que, por el contrario, dos dimensiones
distintas que coexisten. En vista de esto, el mismo
Smith parece prevenirnos en otro error en el que podemos
caer: [
] la simpatía no puede,
en modo alguno, considerarse un principio egoísta
(Ibid, p. 296), y en el mismo párrafo hace
un ataque a aquellos que piensan que todos los
sentimientos y afectos derivan del amor
a sí mismo (el egoísmo): ¡hay
que considerar la simpatía! Creo que en esta
discusión, la mejor defensa de Smith es él
mismo.
Esperamos menos simpatía
de un simple conocido que de un amigo (Ibid.,
p. 266), dice Smith. No con todos podemos sentir simpatía,
ya que esto implica abrirnos al otro, o compenetrar
con la pena de otro. Por una cuestión de prudencia
y de tiempo, simpatizamos más con aquellos
más cercanos a nosotros. El egoísmo
es, por lo tanto, un menor grado de simpatía,
pero no ausencia de ésta. Para Smith el egoísmo
no tiene una concepción negativa, no va en
detrimento del otro. Y en esto es radical: no debemos
arruinar a nuestro vecino para evitarnos un infortunio,
ni siquiera para evitar nuestra propia ruina (Ibid.,
p. 275). Sentir mucho por los otros y poco por
sí mismo, restringir los impulsos egoístas
y dejarse dominar por los afectos benevolentes constituye
la perfecci—n
de la humana naturaleza. Como ya se ha
dicho, no se puede sentir simpatía con todo
el mundo, y cierto nivel de egoísmo será
necesario para facilitar las relaciones con los extraños,
para sistematizarlas en una sociedad más compleja
donde rige la división del trabajo y la especialización
que nos permiten ser parte de un sistema donde no
conocemos a todas las personas pero, a la vez, dependemos
de ellas. Los sentimientos egoístas que sentimos
hacia los demás, no son negativos, y se enmarcan
dentro de la esfera del mercado. En la esfera moral,
donde nos encontramos con el otro y simpatizamos con
él, el hombre buscará ser feliz considerando
al otro.
Volviendo a la crítica que
hacían Schervish y Havens a la teoría
altruista, vemos que ante el hecho de que ellos derivan
el concepto de altruismo desde el modelo utilitario
del interés propio (self-interest), los mismos
autores se anticiparán a las críticas
que pueda despertar este planteamiento, por no trascender
el paradigma utilitario. Dirán que una
vez que el utilitarismo racional se acepta como punto
de partida teórico, uno se ve forzado a elegir
entre un ideal puramente desinteresado (selflessness)
o la realidad del interés propio (Schervish
y Havens, 1997, p. 238). Sin embargo, y dado a que
en los estudios no encuentra presencia de un desinterés
propio puro, ni de un interés propio
puro, no refutan absolutamente la hipótesis
de la posible existencia de un desinterés.
Aquí hay una incongruencia en su planteamiento,
ya que si bien critican las teorías del altruismo,
no las niegan. En vez de tomar una u otra opción,
y viendo empíricamente que las personas no
enmarcan sus motivaciones en términos de altruismo
ni de interés propio, proponen un modelo alternativo
sin dejar de apoyarse en el modelo del interés
propio-, que llamarán modelo de identificación.
Éste regula la vinculación de las personas,
en la cual el tipo y el grado de identificación
empática con las necesidades de los otros genera
un compromiso filantrópico. Para explicar cómo
funciona este modelo, harán referencia a la
noción de identificación hecha por Santo
Tomás de Aquino: por el hecho de que
el amor transforma al que ama en el amado, hace que
el que ama entre dentro del que es amado, al mismo
tiempo que el que es amado entra dentro del que ama,
por lo que no hay nada del amado que no esté
unido al que ama (Ibid, p. 239). El yo se fusiona
con el otro, y se crea una nosotredad. Y es por esto que los
autores dicen que todo parte del interés propio,
ya que en esta situación, lo que interesa al
que ama es lo mismo que le interesa al que es amado.
Y los autores dirán que esta identificación
es comparable al sentimiento de interés
propio, comparándola con el hecho, planteado
por Toqueville en su viaje a Norteamérica,
de que los americanos expliquen casi todo en
sus vidas bajo el concepto de interés propio.
Esto les daría gran placer, al
ver que ello les permitiría ayudarse mutuamente
y los hacía estar dispuestos a dar gratuitamente
parte de su tiempo y bienestar para el bien del estado
(citando a Toqueville). Los autores dirán que
la filantropía, basada en este interés
propio mutuo, une a los individuos en relaciones de
preocupación por el otro, que enriquecen tanto
al que da como al que recibe (Schervish y Havens,
1997, p. 239).
Este modelo se asemeja mucho al planteamiento
de Adam Smith en la Teor’a
de los Sentimientos Morales, donde se define
la simpatía como la capacidad de compartir
emociones con otro, de ponernos, a través de
la imaginación, en la situación del
otro. Lo que siente uno no será exactamente
igual a lo que siente el otro, pero es evidente
que esos sentimientos mantienen una correspondencia
mutua (Smith, A. 1987b, p. 265). Al contrario
que Schervish y Havens que plantean que esto sería
reflejo de un interés-propio mutuo, Smith va
a separar la simpatía de cualquier forma de
egoísmo, y va a decir que es el reflejo de
una preocupación por el otro, benevolencia,
o la disposición a escuchar al otro y ponerse
en su lugar.
Brunner también va a
criticar la teoría de que la racionalidad egoísta
determina los actos humanos. El autor dirá
que el Tercer Sector, donde se enmarca el voluntariado,
actúa motivado por un sentido de responsabilidad
comunitaria. Luego, contradiciendo a Fukuyama
que postula que la producción de Capital Social
puede sostenerse exclusivamente sobre la base del
motivo egoísta, Brunner dirá que se
debe admitir que la moralidad concreta, tal
cual existe en las sociedades, no proviene sólo
de un autointerés calculador ni se agota en
el ámbito de las motivaciones de servicio público
canalizadas a través del estado. Y dirá
que la ética egoísta es más sencilla
de digerir en sociedades orientadas hacia
el consumo y el cálculo instrumental, pero
que ésta desconoce (citando a Midgley 1995)
que las personas que se esfuerzan por comportase
decentemente, a menudo están animadas por una
serie de motivos bastante diferentes [...] Actúan
a partir del sentido de la justicia, por amistad,
lealtad, compasión, gratitud, generosidad,
simpatía, afecto familiar, etc., unas cualidades
que se reconocen y honran en la mayoría de
las sociedades humanas (Brunner, 2000). De igual
forma, Myers va a reconocer que muchas veces el interés
propio se disfraza de altruismo, pero
el interpretar todos los actos altruistas como egoístas
lleva a una circularidad donde el acto altruista se
explica por las recompensas buscadas, y las recompensas
son la justificación del acto altruista. Esto
ha llevado a que la filosofía del egoísmo
sicológico al descrédito (Myers,
1995, p. 476).
Apoyándonos en el estudio
hecho por Eduardo Valenzuela (1999) en su artículo
Paternidad, Don y Autonomía, acerca
de la desvalorización del don en la modernidad,
podemos profundizar en el por qué desde los
tiempos modernos ha sido tan generalizada la explicación
egoísta de los actos dirigidos
al otro; una conceptualización que en la modernidad
ve que las relaciones entre extraños están
motivadas por intereses egoístas.
Valenzuela dirá que la
gratuidad consiste en dar sin esperar nada a
cambio y sin comprometer por ello la voluntad del
otro. Pero esta gratuidad también exige
la capacidad de recibir sin entregar nada a
cambio (gratitud) (Ibid., p. 626). En esta gratuidad
y gratitud, se funda el potencial de libertad que
se encuentra presente en el don, y que convierte
definitivamente la deuda en algo alegre, ligero y
la culpa en algo feliz (Ibid.).
Sin embargo, Valenzuela afirma que
en la modernidad se observa una hostilidad hacia lo
dado, lo que hace olvidar el potencial de libertad
que se encuentra presente en el don. Esto ocurre,
en primer lugar, debido a que en la modernidad hay
un intento de situar la libertad fuera del plano de
la existencia la existencia es fuente de determinación,
algo que no se ha decidido y que tiene, por
ello, la misma consistencia de las cosas de la naturaleza.
Así, la vida, lo dado y lo que recibimos, pierde
el vínculo con el Creador: se debe trascender
la existencia, lo dado, para alcanzar la libertad.
Sin embargo, y en segundo lugar, la existencia no
es sólo fuente de determinación, sino
también de obligación, ya que le debemos
la existencia a otro. La existencia aparece
como deudora y culpable (Ibid., p. 625). Pero
Valenzuela dirá que la determinación
óntica no cancela la existencia como espacio
de libertad, ni exige trascenderla. Por el contrario,
ninguna libertad se equipara a aquella que se funda
realmente en el acto de dar la vida sin obligaciones
ulteriores y en el acto de recibirla sin culpa
(Ibid., p. 626).
Luego, en cuanto a las relaciones
con un extraño, Valenzuela dirá que
nunca se le da algo, sino que solamente se le
presta y se espera convenientemente la retribución
de lo dado. Esto es similar al modelo que se
encuentra en la Riqueza de las Naciones de Smith,
donde las relaciones se basan en el interés
personal (self-interest). Este es el modelo del dar
para recibir. La pregunta entonces es: ¿qué
pasa con el pobre, con el que no puede devolver lo
que le damos, o aquel al que nunca conoceremos? Aquí
aparece el modelo de la caritas, cuya exigencia radica
en la apertura del don hacia el extraño,
hacia aquel que no hemos visto nunca y seguramente
no veremos nunca más (Ibid., p. 628).
En este sentido la caritas se asocia al modelo de
filiación, que puede ser fundada fuera del
modelo del dar para recibir, sino que
en la del dar porque se ha recibido. Aquí
se inaugura un círculo de reciprocidad donde
las personas dan porque han recibido en abundancia.
Pero la caritas debe vencer la obstinación
del amor filial que se vuelca sobre aquellos que nos
han dado algo, sobre los más próximos,
y que permite coherentemente, ignorar o maltratar
al extraño (Ibid., p. 631). Esta caritas
inaugura la posibilidad de dar sin esperar nada a
cambio, y de dar a quienes no nos han dado nada. Valenzuela
dirá que esto no contraviene las reglas de
la reciprocidad si lo situamos en la perspectiva del
cristianismo, solamente que la garantía
de reciprocidad la da el Dios cristiano.
Pero en los tiempos modernos, la
economía burguesa va a romper con la economía
señorial, ya que se verá en el trabajo
una forma de alcanzar la libertad, al desaparecer
con esto la servidumbre, ya que al trabajar se evita
contraer una deuda. Lo que antes se recibía
y se debía devolver, ahora se transforma
en lo que no se recibe sino que es producto del propio
esfuerzo (Ibid., p. 633). Esto alcanza de lleno
a la caritas, ya que no hay razón de dar
porque se ha recibido, si es que no se ha recibido
nada[7].
Por otra parte, la caridad se verá afectada
por el protestantismo, ya que en el principio de la
sola fides se da una separación
entre fe y obras. Nada que hagamos podrá cambiar
nuestro destino, por lo tanto, ya no tiene sentido
el dar para recibir. Desaparecería
una caritas
así comprendida, y sobreviviría
como filantropía, anclada simplemente
en un sentimiento natural de bondad y amistad con
otros. Pero el protestantismo, dirá Valenzuela,
también tenderá a arruinar la
experiencia de gratuidad originaria, con su énfasis
en el pecado original que coloca al hombre en el plano
de la culpa, vale decir, de una deuda irreparable
que no se puede jamás pagar, y que invalida,
por lo tanto cualquier obra humana (Ibid., p.
635).
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